A mí los cohetes no me inquietan, ayer los del Barça estaban demasiado angustiados como para sacar la artillería por el gol de Piqué, y los madridistas -al menos los de mi barrio- tampoco salieron a celebrar de manera especialmente estruendosa el batacazo del rival... de modo que la noche fue tranquila. Pero mi dueño lee la prensa y ve la tele, así que también estoy al cabo de la calle en cosas de fútbol.Con respecto al Barça-Inter, lo que más me ha llamado la atención es que en todas partes ha aparecido, fundamentalmente, como un enfrentamiento entre entrenadores, como si apenas pintaran nada en el asunto los aguerridos abueletes de un bando y las ternísimas criaturitas del otro. A mí me resulta difícil tomar partido en esta combate pugilístico entre el Bien y el Mal, entre Mimosín y Godzilla, entre Guardiola y Mourinho.
Me explico. Yo soy una perra, eso es cosa sabida, y mis parámetros difieren de los de los humanos: en las pantorrillas de un futbolista no veo la magia ni la técnica ni la fuerza, sino la proteína (y si hay manera de hincarle el diente); y me da igual si la carnecita bajo las calzas es de un vikingo o de un culé. Como soy lo que soy, cuando veo a un ser humano, lo primero que hago es compararlo con los de mi especie: hay paralelismos entre las razas caninas y los fenotipos humanos. Para que nos entendamos y sin salir del Planeta Fútbol, no cabe duda de que Azkargorta es un schnauzer, Gullit un puli, Míchel un caniche y Clemente... bueno, Clemente es una rata pestífera. Guardiola es como un perrito faldero pero calvito (y algo triste); Mourinho es un terrier, de aspecto y de carácter. Mourinho es Satanás (y Satanás da susto) pero la melosidad, en exceso, empalaga. Así que no, no me decido, y el debate me deja fría, una circunstancia rarísima en una perra tan temperamental como la que suscribe.Yo soy una perra. El fútbol tendría que ser otra cosa, un combate a muerte en el que la muerte no fuera trasunto metafórico de la derrota, sino su consecuencia: los perdedores, convenientemente descuartizados, para los perros, que nos relameríamos en el foso y siempre sabríamos que estaríamos en contra de los más gorditos.
Canis caninam non est sed victos.






